No lo olvido, no porque las imágenes del horror de esa mañana hayan atacado mis ojos ya no recuerdo cuántas veces; cientos, tal vez, hasta el día de hoy. El abuso visual que me autoinflingí no fue por mero masoquismo o morbo. Tal vez trataba de que, en uno de tantos intentos, mi mente, o lo que fuera dentro de mí pudiera entender. No lo consigo hasta la fecha, y es hasta la fecha que esas imagenes me violentan como la primera vez. No lo olvido porque haya sido un hecho aislado en un mundo en el que, como todo, la luz y las tinieblas coexisten de modo ineludible. Inconsolablemente ineludible. Es posible que el olvido no me llegue porque, en este país que es mi hogar, México, las oportunidades para olvidar el terror cada vez son menos. Siempre, todos los días, se gestan nuevas oportunidades para mantenerlo vivo en la mente, el cuerpo, los ojos, los oídos. No he necesitado ser ciudadana americana, afgana, sudafricana, para atestiguarlo día tras día. Vivo en el país más violento del mundo y por supuesto que no me enorgullece. No es sólo la violencia de golpes y ráfagas de armas de fuego; es la violencia de la ignorancia, de la dejadez, la indiferencia, del acuerdo tácito, encochinadamente simbiótico entre el pueblo y gobierno. La decadencia por concenso, el gusto histórico por el desastre. Al final del día, con el patriotismo diluido desde hace tanto, declamo en la mente los versos de José Emilio Pacheco y cometo la más alta traición:
"No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos"
En memoria de las víctimas del 11 de septiembre, y de las de todos los días en mi país.
1 comentarios:
Como duele... más que el pasado y además de las cosas del mundo, como duele nuestro presente del que hablas, del que habla José Emilio Pacheco. Como duele aceptar que vivimos en un país que se ha vuelto de narcos, de secuestradores. Despertar un día y encontrar el edificio donde vives rodeado de personas armadas y te cuesta entender que sucede porque aún se sueña con la seguridad; donde es difícil saber quien es quien ya que los límites entre la delincuencia y la no están tan diluidos. Cuando en la esquina de tu casa pusieron una bomba, a unas cuadras ejecutaron a un joven y donde los asaltos a la farmacia y al banco de enfrente se han vuelto parte de la vida. ¡Como me duele! porque no es Irak, no es Vietnam, no es Corea... es la calle donde vivo. Gracias Ely por el recordatorio.
Iliana
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