Y lo extraño. Llegó a casa pequeño y beligerante, como la especie en la que nació. Poco a poco nos hicimos amigos y el creció y sus colores carmín y zafiro fueron creciendo en su cauda, abanicando contento de verme tras el cristal de su pecera. Fue un chico amable, aceptó todas las mudanzas cuando sus peceras se estrellaban. Contento dejaba que su comida flotante cayera al fondo con tal de no dejar de coquetearme cuando me veía. Así era Gerges. No estaba enfermo, murió trágica y repentinamente víctima de las travesuras del gato. Quién me manda tener una pequeña cadena alimenticia en mi propio hogar... No se fué en el agua del inodoro, no. Los animales son criaturas divinas; nosotros también, es sólo que a veces se nos olvida. Lo envolví en el papel de china que protegió mi taza victoriana, mi favorita, y lo sepulté en una maceta de tréboles de mi patio. Le dije adiós con ojos llenos de agua salada... Ilustración: David R. Goodwin